Se sentó a su lado. La miró, entre sus pupilas brilló el éxtasis de satisfacción. Con un pestañeo la hizo suya, al siguiente, un para siempre. Cuando le tomó la mano ella le regaló un suspiro y entre los dos se hundieron en un para jamás.
Entre sus pelos de color se enredaba la realidad, eso frío y asqueroso. Aquello que les da oxígeno.
Ambos corrieron, tomados del corazón, perdiéndose entre granos de arena.
